Que contradicción de mi parte al escoger un personaje de uno de mis libros menos favoritos de Jane Austen, el porqué de esa categorización lo sigo meditando.
Siendo uno de los primeros libros que se atrevió Jane a escribir, no es de sorprender que hayan tenido que transcurrir 16 años para pasar de unos primeros renglones en unas hojas a ser publicado de modo definitivo. La historia tuvo una metamorfosis casi completa, fue en 1795 tras acabar “Lady Susan” que empieza a trabajar en “Elinor and Marianne” escribiéndola del mismo modo que hizo con Lady Susan, epistolarmente, la cual fue leída en su primera versión a la familia antes de 1796. En 1799 retoma sus primeros escritos confirmando que ese formato no satisfacía su propósito, para ello dedico tiempo en reescribir y reestructurar desde el invierno de 1797 y primavera de 1798, transformarla a un formato final de narrativa, destinándole además un nuevo título “Sense and Sensibility” (sus variantes en español “Sensatez y sentimiento”, “Razón y sensibilidad” ,”Sentido y Sensibilidad”) . Que gracias a la ayuda de su hermano Henry y cuñada Eliza, pudo publicar, anunciándose el 31 de octubre de 1811 en el Morning Chronicle como “una nueva novela, escrita por una dama” [1]
Al ser una de mis novelas menos favoritas de Jane no quiere decir no me guste ningún personaje. Las protagonistas de la historia son Elinor y Marianne, en la primera predomina la razón y en la segunda el sentimiento, características que vemos contrastadas continuamente a lo largo de la novela. Claramente por quienes me conocen, saben cómo es mi forma de ser y de pensar, Elinor Dashwood es el personaje de quien más me sentí identificada es por ello que esta reseña está dedicada a ellacy que mejor que la palabras de la propia Jane Austen para describirla.
Elinor Dashwood, Primera hija del segundo matrimonio de Henry Dashwood, quien tiene además dos hermanas, Marianne y Margaret, y un medio hermano del primer matrimonio de su padre, John Dashwood.
Jane la describe como una joven que “poseía una solidez de entendimiento y serenidad de juicio que la calificaban, aunque con sólo diecinueve años, para aconsejar a su madre, y a menudo le permitían contrarrestar, para beneficio de toda la familia, esa vehemencia de espíritu en la señora Dashwood que tantas veces pudo llevarla a la imprudencia. Era de gran corazón, de carácter afectuoso y sentimientos profundos. Pero sabía cómo gobernarlos: algo que su madre todavía estaba por aprender, y que una de sus hermanas había resuelto que nunca se le enseñara.”[2]
Su mundo se ve movido al llegar a su vida Edward Ferrars, hermano de su cuñada, pero ni eso evito que aunque estuviera experimentando nuevos sentimientos, estos no estuvieran controlados por su juicio. A su hermana le confiesa.” No es mi intención negar -dijo- que tengo una gran opinión de él; que lo estimo profundamente, que me gusta” añadiendo además “Perdóname -le dijo-, y puedes estar segura de que no fue mi intención ofenderte al referirme con palabras tan mesuradas a mis propios sentimientos. Créelos más fuertes que lo declarado por mí; créelos, en fin, lo que los méritos de Edward y la presunción… la esperanza de su afecto por mí podrían garantizar, sin imprudencia ni locura. Pero más que esto no debes creer. No tengo seguridad alguna de su afecto por mí. Hay momentos en que parece dudoso hasta qué punto tal afecto existe; y mientras no conozca plenamente sus sentimientos, no puede extrañarte mi deseo de evitar dar alas a mi propia inclinación creyéndola o llamándola más de lo que es” [3]
Austen presenta a Elinor como un modelo de buena conducta y avala la insistencia de la joven en que la discreción, e incluso la mentira, es una necesidad social. Elinor habla del deber de “mentir por cortesía” y se niega en confiar sus propias dificultades y pesares a su muy amada hermana
En un momento dado, las hermanas Dashwood guardan secretos la una de la otra. Elinor oculta sus dificultades y pesares, refiriéndome al momento que se enteró que Edward llevaba un tiempo importante comprometido y fue ella “la prometida” su astuta rival Lucy Steele quien se lo confesó.. Con ello Elinor tuvo que ocupar el recurso del ocultamiento, el disfraz y la indiferencia simulada que son accesorios casi indispensables para el escenario social que tenía que enfrentar. Esta “separación” momentánea que sufren las hermanas es reestablecido al momento en que el compromiso de Edward se hiciera público, la confianza entre ellas volvió.
Elinor no solo tiene que guardarse sus sentimientos de tristeza, sino que además tiene que ser instrumento de felicidad para quien precisamente le provoca ese dolor, pues sirve como puente de comunicación para que se otorgue a Edward un puesto clerical que lo acercará a la posibilidad de casarse con Lucy. A pesar de que Elinor, al escuchar del Coronel Brandon la propuesta para Edward, tiene una notoria reacción de asombro, no duda en cumplir la empresa.

A lo largo de la novela, Elinor se somete a un incesante auto-escrutinio y autodisciplina, lo que ella llama su “auto-mando”, como para controlar su conciencia para aceptar sólo “ciertos pensamientos y sentimientos”. Es sorprendentemente eso sí que Jane le otorga un momento a Elinor “fuera de su juicio” siendo el momento que desear la muerte de la mujer de Willoughby: “por un momento deseó que Willoughby enviudara.”[4]. Y es razonable que tuviera dentro de todo su juicio un momento aunque sea fuera de éste, ya que estuvo a punto de perder a su adorada hermana.
De Elinor podemos decir que finalmente es capaz de expresar sus sentimientos a través del llanto al momento de llegar al tope de su racionalidad al momento de enterarse de que el matrimonio de Edward y Lucy no se llevó a cabo, pudo por fin tener una chispa de esperanza de que por fin la felicidad como tal, le tocaría a ella, y Jane Austen “se lo hizo saber” premiando su prudencia, su modestia y su temple con el matrimonio que desde un principio deseó.
[1] Tomalin, C. (1999). Jane Austen. Barcelona; Circe (pág. 232)
[2] Austen, J. Sensatez y sentimiento, Santiago, Chile, Editorial Andrés Bello (págs. 17-18)
[3] Austen, J. Sensatez y sentimiento, Santiago, Chile, Editorial Andrés Bello (pág. 34)
[4] Austen, J. Sensatez y sentimiento, Santiago, Chile, Editorial Andrés Bello (pág. 391) 

 

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