Reivindicando a Marianne Dashwood.

 

Quizás mi primera inclinación fue escribir la reseña de la siempre adorada Elizabeth Bennet. Al ser una de las heroínas más completas (inteligente y racional, buen sentido del humor y la autocrítica, alegre, y de buenos sentimientos) cuesta mucho que no capte la imaginación de muchas y marque un cierto parámetro de equilibrio a seguir (sin perjuicio de sus pormenores).

 

Sin embargo, Marianne Dashwood es un personaje al que, en mi opinión, no se le presta toda la atención que merece. Austen la describe (aunque siempre en relación a Elinor) de forma halagadora: “Las cualidades de Marianne estaban, en muchos aspectos, a la par de las de Elinor. Tenía inteligencia y buen juicio, pero era vehemente en todo (…)”.

 

Creo que hay un acto de injusticia hacia Marianne al compararla constantemente con su hermana (por defecto) y con su madre (en cuanto a su exceso de melodrama). El vicio de una “pasión desordenada” (entendiendo pasión como un genérico de emociones excesivamente exaltadas) se le imputa en diversos párrafos. Así por ejemplo: “Sabía que una conjetura que Marianne y su madre hacían en un momento dado, se transformaba en certeza al siguiente; que, con ellas, el deseo era esperanza y la esperanza, expectativa.”

 

Marianne defiende una visión romántica de la vida, y especialmente, del amor (—¡Elinor! —exclamó Marianne—. ¿Estás siendo justa? ¿Estás siendo equitativa? ¿Es que mis ideas son tan escasas? Pero entiendo lo que dices. Me he sentido demasiado cómoda, demasiado feliz, he estado demasiado franca. He faltado a todos los lugares comunes relativos al decoro. He sido abierta y sincera allí donde debí ser reservada, opaca, desganada y falsa. Si sólo hubiera conversado del clima y de los caminos, y si sólo hubiera hablado una vez en diez minutos, me habría salvado de este reproche.).

Un amor de profundas conexiones, de intensas alegrías y de certezas que abren la puerta a una felicidad arrolladora. Pero no lo hace desde una ignorancia o una estupidez que hagan al lector compadecerla. Lo hace desde un anhelo de búsqueda, y desde una inquietud del alma que no sólo expresa en sus apasionados discursos, sino también en sus distintas expresiones artísticas y gustos literarios. Marianne goza el canto, la música, la poesía, la literatura y la naturaleza. Es una soñadora cuyas emociones vehementes generan problemas (principalmente para ella, aunque también para los que la intentan contener), pero son evidentemente una fuente de inspiración para muchos otros (especialmente su correcta y contenida hermana). A lo largo de la novela, Marianne aprende del “mundo”, ese mundo que no siempre acoge con generosidad y alegría a las personas apasionadas e impulsivas. En su caso, el aprendizaje consiste en morigerar la forma de reaccionar y a valorar la intensidad emocional plasmada en la consistencia (Coronel Brandon) por sobre el mero despliegue pirotécnico y fatuo de las mismas (Willoughby), que no es lo mismo que aplacar su incansable corazón.

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